Bruce R. McConkie
Nota editorial. El artículo conserva el contenido y la secuencia doctrinal del documento fuente. Se han corregido únicamente errores de espaciado, ortografía y puntuación producidos por la transcripción, sin reducir sus enseñanzas. La ampliación doctrinal final está claramente separada del texto original.
Una o dos veces en un periodo de mil años -a veces cada cien años, más o menos-, siempre a intervalos irregulares, siempre cuando el propósito divino así lo requiere; Viene a la tierra un hombre de perfección casi divina.
Abraham fue uno de ellos; Moisés fue otro.
José Smith fue el designado para nuestros días.Estos hombres extraordinarios -gigantes espirituales que se contaban entre los «nobles y grandes» de la vida premortal-siempre se han destacado como los faros ante el mundo.
La obra que ellos llevan a cabo cambia el curso de la historia, y su vida siempre ha estado llena de problemas ytribulación.
Otro de esos hombres fue Juan el Bautista. ¿Qué sabemos sobre este personaje?
Lo que se sabe con certeza es bastante para llenar un libro, y lo que se ha especulado sobre su persona es suficiente para llenar un segundo tomo.
La vida, el ministerio y la muerte de Juan siguieron un curso trágico y desusado. Su nacimiento fue predicho por los profetas de la antigüedad, quienes se refirieron a él diciendo que sería una voz que clama en el desierto preparando el camino para el Señor (Isaías 40:3).
El propio Gabriel, un ángel que venía de la presencia de Dios, visitó a Zacarías para anunciarle que su esposa, Elisabet, ya entrada en años, daría a luz un hijo cuyo nombre debía ser Juan, y que presentaría al Mesías ante Israel.
Zacarías dudó de la palabra de Gabriel y por ello quedó sordo y mudo hasta después del nacimiento, cuando le pusieron nombre al niño. Juan dio testimonio de Jesús como ningún otro profeta.
Testificó de Él aún antes de su propio nacimiento, cuando todavía estaba en el vientre de su madre, cumpliéndose así esta promesa de Gabriel: «Será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre» (Lucas 1:15).Unos treinta años después, mientras Juan bautizaba en Bétabara, Jesús fue a donde él estaba.
Al verlo, Juan testificó: «He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
Y nodudamos que, después de languidecer cerca de un año en los repugnantes calabozos donde lo mantenían encarcelado y antes de ser asesinado por mandato del malvado Herodes Antipas, hubiera vuelto a testificar lo mismo.Sabemos de la intrepidez de Juan para denunciar el pecado, que llegó al punto de acusar al rey Herodes de incesto y adulterio.
Sabemos también que Jesús mandó ángeles para que lo confortaran en la prisión y que Él mismo dijo que entre los nacidos de mujeres, no había mayor profeta que Juan el Bautista (Lucas 7:28).
No obstante, la acción principal de su vida, la que sobresale entre todo lo demás, es que bautizó al Hijo de Dios.
Siendo sacerdote del orden Levítico o Aarónico, Juan llamaba a las personas al arrepentimiento y los bautizaba para la remisión de sus pecados.
Había elegido Betábara, sobre el ríoJordán, para llevar a cabo los bautismos, y multitudes iban a escucharlo y recibir de sus manos el bautismo.Su prédica y bautismos tenían por objeto preparar a la gente para la venida del Señor.
«Yo a la verdad bautizo en agua para arrepentimiento», enseñaba, «pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mateo 3:11).Cuando llegó Jesús, que venía de Galilea hacia el Jordán, cerca de Jerusalén, le pidió que lo bautizara.
Con admiración, sobrecogido por el hecho de que el mismo Hijo de Dios fuera a recibir el bautismo de sus manos, pero al mismo tiempo sabiendo de antemano que así sería, Juan le dijo: «Yonecesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?»
Jesús le respondió: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia» (Mateo 3:14-15).Juan accedió a los deseos de su primo y, solemnemente, con dignidad y con el poder y autoridad del Sacerdocio de Aarón -autoridad que los levitas habían empleado a lo largo de los siglos para bautizar- , sumergió al Señor Jesús en las aguas turbias del Jordán.Entonces ocurrió el milagro: Los cielos se abrieron y Juan vio al Espíritu Santo que descendíaserenamente, como una paloma, para morar con el Cordero de Dios para siempre (Mateo 3:16).
Esta es una ocasión, de dos posibles en toda la historia, de que tengamos registro, en la cual un hombre mortal vio a la persona del Espíritu Santo.
Y todavía había de suceder algo más.
Una voz habló, una voz desde los cielos, la voz del Padre de todos nosotros, y dijo con gloriosa majestad: «Este es miHijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17).En breve, ésta es la historia bíblica de Juan.
Todas las historias de las Escrituras tienen sumoraleja, su enseñanza, su doctrina, algo que guíe y ayude a aquellos que las lean y mediten sobre sus profundos y maravillosos conceptos.
Nefi expresó de la siguiente forma lo que debemosaprender del bautismo de Jesús: «Ahora, si el Cordero de Dios, que es santo» -e indudablemente,Cristo no tenía pecado- tiene necesidad de ser bautizado por agua para cumplir con toda justicia,¡cuánto mayor es entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo pecadores,» -¿y quién de nosotros no ha pecado?- «de ser bautizados, sí, por agua!» (2 Nefi 31:5).Cristo no fue bautizado para la remisión de pecados, porque Él no había cometido ninguno.
No obstante, como lo explica Nefi, recibió el bautismo por las siguientes razones:1. como demostración de humildad ante el Padre;2. como convenio de que obedecería los mandamientos;3. como preliminar para recibir el don del Espíritu Santo;4. para entrar al reino de Dios, pues nadie, ni siquiera el Hijo de Dios, puede entrar en él sin el bautismo; y5. como modelo y ejemplo para todos los seres humanos, para poder decir: «Sigúeme tú…
Aquien se bautizare en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme yhaced las cosas que me habéis visto hacer» (2 Nefi 31:5-12).Y en conclusión, para nosotros, los que vivimos en estos últimos días, quizás el hecho más extraordinario de la vida de Juan sea que visitó a José Smith y a Oliver Cowdery el 15 de mayo de 1829, en su gloria de ser resucitado, y les dijo: «Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este Sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en justicia» (D. y C. 13). Alabado sea el Señor por la obra y el ministerio de un hombre llamado Juan.
Ampliación doctrinal
1. Un ministerio preparado desde antes del nacimiento
Las Escrituras presentan a Juan como un siervo cuya misión fue anunciada antes de nacer. Gabriel declaró que prepararía un pueblo para el Señor, cumpliendo la profecía de la voz que clama en el desierto. Su grandeza no se basó en buscar protagonismo, sino en dirigir constantemente la atención hacia Jesucristo.
2. «Es necesario que él crezca, y que yo mengüe»
Juan 3:30 resume el carácter espiritual de su ministerio. Después de reunir discípulos y alcanzar enorme influencia, Juan no intentó conservar seguidores para sí mismo. Reconoció al Mesías y condujo a otros hacia Él. Su ejemplo convierte el liderazgo espiritual en un acto de testimonio y entrega, no de autopromoción.
3. El bautismo de Jesucristo enseñó el modelo de toda ordenanza verdadera
Jesús no necesitaba arrepentirse, pero fue bautizado para «cumplir toda justicia». En 2 Nefi 31, Nefi explica que el Salvador se humilló ante el Padre, manifestó obediencia, mostró la puerta del camino y estableció el modelo que Sus discípulos debían seguir. El bautismo, por tanto, no es solamente un símbolo: forma parte del camino del convenio establecido por Cristo.
4. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo
En el bautismo del Salvador aparecen claramente el Hijo en las aguas, la voz del Padre desde los cielos y el Espíritu Santo manifestándose en forma visible. Para la doctrina de la Restauración, este episodio constituye un testimonio importante de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son seres distintos y perfectamente unidos en propósito.
5. «Entre los nacidos de mujer no se ha levantado otro mayor»
José Smith explicó la singular grandeza de Juan señalando, entre otras razones, que recibió una misión divina especial, poseyó las llaves necesarias para preparar el camino y tuvo el privilegio incomparable de bautizar personalmente al Hijo de Dios. Su grandeza estaba íntimamente relacionada con el llamamiento que recibió y con la fidelidad con que lo cumplió.
6. Juan volvió como ser resucitado
El 15 de mayo de 1829, José Smith y Oliver Cowdery declararon que Juan el Bautista se les apareció y les confirió el Sacerdocio de Aarón. Doctrina y Convenios 13 conserva las palabras de esa ordenación y relaciona este sacerdocio con el ministerio de ángeles, el evangelio de arrepentimiento y el bautismo por inmersión para la remisión de pecados.
7. El hombre llamado Juan sigue señalando hacia Cristo
Desde el desierto de Judea hasta las riberas del Susquehanna, el hilo conductor del ministerio de Juan es el mismo: preparar a las personas para recibir a Jesucristo. Su mensaje comienza con «arrepentíos», continúa con «He aquí el Cordero de Dios» y reaparece en la Restauración al devolver la autoridad para bautizar. Su historia es, en último término, una historia acerca de Cristo.
Fuentes oficiales para profundizar
• Lucas 1:5–25, 39–45, 57–80.
• Mateo 3; Mateo 11:7–15; Juan 1:19–36; Juan 3:22–30.
• 2 Nefi 31:4–13.
• José Smith—Historia 1:68–72.
• Doctrina y Convenios 13. • Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, enseñanzas sobre Juan el Bautista y el Sacerdocio Aarónico.


