“Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará.”
Doctrina y Convenios 58:43
Hay una prueba decisiva del arrepentimiento: el abandono del pecado. Si una persona discontinúa sus pecados con intenciones rectas, motivada por una percepción cada vez mayor de la gravedad del pecado y por una disposición de cumplir con las leyes del Señor, verdaderamente se está arrepintiendo. La pauta que el Señor ha establecido dice así:
“Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará” (D. y C. 58:43).
El deseo no es suficiente
En otras palabras, no hay arrepentimiento verdadero sino hasta que uno abandona el error de su camino y emprende un nuevo derrotero. Alguien ha dicho que no hay sino una manera de poner fin a un hábito malo, y es no haciéndolo más. El poder salvador no se extiende a aquel que meramente quiere cambiar su vida. El arrepentimiento verdadero impele a uno a obrar.
Uno no debe sorprenderse de que se requiera el esfuerzo y no solamente el deseo. Después de todo, es el trabajo lo que desarrolla nuestra musculatura moral así como física. Ralph Parlette lo expresa de esta manera:
“La fuerza y la lucha van juntas. El galardón supremo de la lucha es la fuerza. La vida es una batalla, y el gozo mayor es triunfar. La prosecución de las cosas fáciles debilita al hombre. No os proveáis de poder y esperanzas superiores sólo para rehuir la responsabilidad y el trabajo. No se puede hacer. Es por seguir el trayecto de menor resistencia por lo que los ríos y los hombres andan por vías torcidas.”
No basta con la intención
Tampoco es completo el arrepentimiento cuando uno meramente intenta abandonar el pecado. Intentarlo con una actitud y esfuerzos débiles es asegurar el fracaso frente a los potentes esfuerzos resistentes de Satanás. Lo que hace falta es acción resuelta. Tal vez una anécdota ilustrará el punto.
Un oficial militar llamó a un soldado y le mandó que llevara un mensaje a otro oficial. El soldado saludó y dijo: “¡Sí, señor, en seguida voy a intentarlo!”. A esto el oficial respondió: “No quiero que lo intente; quiero que entregue este mensaje”. Algo abochornado, el soldado le contestó: “Sí, señor, haré lo mejor que pueda”. El oficial, a su vez disgustado, se expresó con cierto vigor: “No quiero que lo intente y no quiero que ‘haga lo mejor que pueda’. Lo que quiero es que entregue este mensaje”. Entonces el joven soldado, cuadrándose de hombros, encaró el asunto en forma espléndida, según pensó él, cuando nuevamente saludó y dijo: “Sí, señor, lo haré o moriré”. Al oír esto, el oficial, bien irritado, le dijo: “No quiero que muera, ni tampoco quiero que meramente haga lo mejor que pueda, ni quiero que lo intente. Mire, lo que le pido es razonable; el mensaje es importante; la distancia no es mucha; usted no está incapacitado; usted puede hacer lo que he ordenado. Ahora dé media vuelta y cumpla con su misión”.
Es normal que los niños intenten. Se caen y se ponen de pie numerosas ocasiones antes de que puedan sentirse seguros de sus pasos. Sin embargo, los adultos, que ya han pasado por estas etapas de aprendizaje, deben determinar lo que van a hacer y entonces proceder a efectuarlo. “Intentar” es débil. “Hacer lo mejor que yo pueda” carece de fuerza. Siempre debemos actuar mejor de lo que podemos. Esto es verdad en todo aspecto de la vida.
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7).
Con la inspiración del Señor podemos elevarnos sobre nuestras fuerzas individuales y extendernos mucho más allá de nuestra propia potencialidad personal.
No hay perdón sin el arrepentimiento
A menudo no se entiende esta relación entre el esfuerzo y el arrepentimiento que logra el perdón del Señor. En mi niñez, nos presentaron unas lecciones en la Escuela Dominical sobre el octavo capítulo de Juan, donde aprendimos acerca de la mujer que habían echado a los pies del Redentor para que la juzgara. Mi amable maestra de la Escuela Dominical encomió al Señor por haber perdonado a la mujer. Ella no entendía la imposibilidad de este acto. En todos los años que han transcurrido desde entonces, repetidas veces he oído a personas alabar al Señor por su misericordia al perdonar a la mujer adúltera. Este ejemplo se ha empleado en numerosas ocasiones para mostrar cuán fácilmente uno puede recibir el perdón de un magno pecado.
Sin embargo, ¿perdonó el Señor a la mujer? ¿Podía Él perdonarla? No parece haber evidencia alguna de tal perdón. Lo que le mandó fue: “Vete, y no peques más”. Estaba instruyendo a la mujer pecadora que fuera, abandonara su mala vida, no pecara más y transformara su vida. Estaba diciendo: Ve, mujer, y comienza tu arrepentimiento; y le estaba indicando el paso inicial, a saber, que abandonara sus transgresiones.
Otro concepto errado es que le fueron perdonados sus pecados al ladrón sobre la cruz, cuando el Cristo moribundo declaró: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). ¿Cómo iba a perdonar el Señor a un malhechor? Había quebrantado las leyes. Ninguna duda había en cuanto a la culpabilidad de los dos reos, pues uno de ellos había confesado voluntariamente que eran culpables.
El Señor no puede salvar a los hombres en sus pecados, sino únicamente de sus pecados, y esto sólo cuando han manifestado arrepentimiento verdadero. Es verdad que uno de los ladrones manifestó cierta compasión; si lo hizo por el interés nacido de la esperanza, no estamos seguros. Estaba confesando, pero ¿cómo podía abandonar sus prácticas perversas cuando los muros de la prisión impedían la comisión de malos hechos? ¿Cómo podía restaurar los bienes robados estando sobre la cruz? ¿Cómo podía, según lo requerido por Juan el Bautista, hacer “frutos dignos de arrepentimiento”? ¿Cómo podía vivir de acuerdo con los mandamientos del Señor, asistir a sus reuniones, pagar sus diezmos y prestar servicio a sus semejantes?
Todo esto toma tiempo; y tiempo era lo que se le estaba acabando rápidamente. “Ninguna cosa inmunda puede entrar en el reino de los cielos”. Este concepto se repite numerosas veces en todas las Escrituras y es una verdad fundamental. Podemos estar seguros de que son comparables las instrucciones del Salvador al ladrón sobre la cruz y su amonestación a la mujer tomada en adulterio: “Ve, y transfórmate, y arrepiéntete”.
Con el transcurso de las horas, la vida del ladrón fenecería y su espíritu abandonaría el cuerpo inerte e iría al mundo de los espíritus, donde Cristo iba a organizar su programa misional (véase 1 Pedro 3:18-20; 4:6). Allí viviría al lado de los antediluvianos y todos los demás que habían muerto en sus pecados. Todo lo que las palabras del Señor le prometieron al ladrón fue que los dos se hallarían en breve en el mundo de los espíritus.
El arrepentimiento que manifestó el ladrón sobre la cruz le fue provechoso; pero sus breves palabras no borraron una vida de pecado. El mundo debe saber que, en vista de que el Señor mismo no puede salvar a los hombres en sus pecados, ningún hombre sobre la tierra puede administrar sacramento alguno que logre ese resultado imposible. De modo que la simple manifestación de fe o arrepentimiento en el lecho de muerte no es suficiente.
El arrepentimiento toma tiempo
El arrepentimiento y el tiempo son inseparables. Nadie puede arrepentirse sobre la cruz, ni en la prisión, ni cuando se encuentra detenido. Uno debe tener la oportunidad de cometer el mal a fin de que verdaderamente pueda arrepentirse. Un hombre con esposas en las manos, el reo en la penitenciaría, el hombre que se está ahogando o está a punto de morir: tal persona ciertamente no puede arrepentirse en forma total. Puede desear hacerlo, podrá tener la intención de cambiar su vida, podrá determinar que tal hará, pero es sólo el principio.
Por eso es que no debemos esperar hasta la otra vida, sino que debemos abandonar las malas prácticas y debilidades mientras nos hallamos en la carne sobre la tierra. El hermano Melvin J. Ballard señaló con precisión este problema:
“Un hombre podrá recibir el sacerdocio y todos sus privilegios y bendiciones, pero hasta que aprenda a dominar la carne, su genio, su lengua, su disposición de participar de las cosas que Dios ha prohibido, no puede entrar en el reino celestial de Dios. Debe vencer, ya sea en esta vida o en la vida venidera. Sin embargo, esta vida es el tiempo en que los hombres deben arrepentirse. No nos imaginemos, ninguno de nosotros, que podemos descender al sepulcro sin haber dominado las corrupciones de la carne, y entonces dejar en el sepulcro todos nuestros pecados y malas tendencias. Estarán con nosotros. Acompañarán al espíritu cuando se separe del cuerpo.” (Ballard, Three Degrees of Glory)
Claro está que en el mundo de los espíritus es difícil arrepentirse de los pecados que tienen que ver con vicios y actos físicos. Uno tiene allí espíritu y mente, pero no la facultad física para dominar un vicio físico.
Puede sentir el deseo de cambiar su vida, pero ¿cómo puede dominar los deseos de la carne, a menos que tenga carne que pueda dominar y transformar? ¿Cómo puede dominar el vicio del tabaco o del licor en el mundo de los espíritus, donde no hay licor ni tabaco, ni carne para apetecerlos? Otro tanto sucede con los demás pecados relacionados con la falta de dominio del cuerpo.
Es más fácil el arrepentimiento antes de arraigarse el pecado
Aun cuando es posible arrepentirse en cualquier etapa del desarrollo del pecado, ciertamente es más fácil cuando está comenzando. Las prácticas pecaminosas pueden compararse a un río que fluye lenta y plácidamente al principio y entonces, al acercarse a las cataratas al borde del precipicio, corre con mayor rapidez.
Cuando las aguas fluyen calmadamente, uno puede cruzarlo en una canoa con facilidad relativa. Al aumentar la velocidad de las aguas, se dificulta más cruzarlo, pero aún es posible hacerlo. Al aproximarse la corriente a las cataratas, se requiere un esfuerzo casi sobrehumano para remar de un lado al otro sin ser lanzado despiadadamente por las cataratas. Hay poca probabilidad para la canoa y su pasajero cuando las recias aguas están a punto de lanzarse hasta el desfiladero que yace abajo. Sin embargo, aun en ese momento, con mucha ayuda externa, uno puede quedar a salvo de la destrucción.
Igualmente, en la corriente del pecado, es relativamente fácil arrepentirse al principio, pero a medida que el pecado se va arraigando cada vez más, el dominio sobre él se vuelve progresivamente más difícil. Si uno pasa por alto el rugido de las cataratas próximas, su suerte está decidida; si no presta atención a las amonestaciones que se le imparten, la succión de la tempestuosa corriente lo arrastra a la destrucción.
Cuando se reincide en el pecado se abroga el perdón
Los pecados anteriores vuelven, dice el Señor en sus revelaciones modernas. Muchas personas no saben esto, o bien lo olvidan por conveniencia. “Vete, y no peques más”, fue la amonestación del Señor.
“Los pecados anteriores volverán al alma que peque, dice el Señor vuestro Dios” (D. y C. 82:7).
¿Significará esto que la persona que vuelve a los pecados que supuestamente había abandonado debe iniciar de nuevo el procedimiento del arrepentimiento desde el principio? ¿Que uno, al volver al pecado, no puede entonces comenzar el arrepentimiento a partir del punto en donde se hallaba?
Volver al pecado es de lo más destructivo que puede sobrevenir a la moral del individuo y da a Satanás más poder sobre su víctima. Aquellos que creen que pueden pecar y ser perdonados, y entonces volver a pecar y ser perdonados una y otra vez, deben poner en orden su manera de pensar.
Cada pecado previamente perdonado se agrega al nuevo, y la suma total se convierte en una carga pesada. De modo que cuando un hombre ha determinado cambiar el curso de su vida, no debe haber retroceso. Cualquier paso hacia atrás, aun en un grado pequeño, perjudica gravemente. El alcohólico reformado que acepta de nuevo “sólo una copita” bien puede perder todo lo que ha aventajado. El pervertido que se descuida y vuelve a los antiguos compañeros o situaciones corre un grave peligro nuevamente. El que en otro tiempo fue esclavo del cigarrillo, que fuma sólo un cigarrillo más, se está encaminando de nuevo a este vicio.
Satanás quiere a los que dirigen en la Iglesia
¡Cuán lamentable es la ocasión en que los hombres, a quienes se ha concedido mucho conocimiento, muchas ministraciones del Espíritu, aun visiones celestiales, se apartan entonces de su rectitud! Tenemos los lastimosos ejemplos de muchos hombres en los primeros días de la Iglesia que estaban destinados a altos nombramientos y grandes recompensas, pero quienes se enemistaron, abandonaron la fe y se apartaron de todo lo que podía santificarlos y darles la vida eterna.
Uno de estos ejemplos fue Oliverio Cowdery, el cual compartió algunas de las más notables de todas las bendiciones que han llegado al hombre sobre la tierra. Por razones que a él le parecieron suficientes, se separó de los hermanos y de la Iglesia que progresaba rápidamente. Después de permanecer alejado por mucho tiempo, el profeta José se compadeció y deseó que volviera.
Dirigiéndose a sus hermanos, el miércoles 19 de abril de 1843, José Smith escribió en su diario:
“Escribid a Oliverio Cowdery y preguntadle si no está hastiado de comer la hoja más bien que el maíz. Si no se encuentra ya casi dispuesto para volver, vestirse con ropas de justicia y subir a Jerusalén. Orson Hyde lo necesita. [Se escribió una carta conforme a lo indicado.]” (Documentary History of the Church, tomo 5, pág. 368.)
Sin embargo, este gran hombre, que había recibido más de una docena de revelaciones del Señor dirigidas a él, y otras tantas en las que se hacía referencia a él, y había recibido visitantes celestiales en muchas ocasiones, menospreció sus bendiciones y oportunidades.
Lucifer quiere ganarse a toda persona buena. Aun tentó al Salvador, según los registros, por lo menos en tres ocasiones. Tenía puesta la mirada en el apóstol Pedro, el cual en breve iba a ser el principal en el mundo de rectitud. El Señor amonestó a Pedro que se cuidara:
“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31-32).
Satanás anda tras todos los hombres, pero en particular está ansioso de atraerse a los hombres principales que ejercen influencia. Tal vez se esfuerce mucho más por ganarse a hombres con altos cargos que pueden persuadir a muchos otros a no convertirse en siervos de Satanás. Parece que los misioneros son su blanco especial.
El joven va a pasar dos años exclusivamente en la obra de convertir a la gente del error a la verdad, de enseñar a los hombres a dejar de trabajar para Lucifer y servir al Señor, de traer a la persona de las tinieblas, donde es más vulnerable, a la luz, donde hay una medida de protección y donde pueden desarrollarse nuevas fuerzas. Satanás tiene interés especial en todos estos obreros.
Podemos lograr lo que queramos
Aun cuando se admite que no es fácil cambiar uno su vida de lo malo a lo bueno, no podemos recalcar demasiado el hecho de que toda persona dotada de facultades normales puede lograrlo. El élder Richard L. Evans ha dicho:
“En la vida no se puede recorrer por segunda vez ningún camino tal como en otro tiempo existió. No podemos empezar donde estábamos. Sin embargo, podemos comenzar donde estamos, y en una eternidad de existencia éste es un hecho que reasegura. No hay prácticamente ninguna cosa de la que un hombre no pueda apartarse, si realmente quiere… No hay prácticamente ningún mal hábito que no pueda abandonar, si sinceramente dispone su voluntad para lograrlo…”
La llave consiste en disponer la voluntad. Debe haber resolución y determinación; la discontinuación del pecado debe ser permanente. La voluntad para obrar debe ser fuerte y conservarse fuerte. Se dice que fue Napoleón quien compuso esta frase: “Es segura la derrota del que teme ser vencido”. Si uno teme que no puede triunfar; si no hace más que intentarlo, bien puede fracasar.
Alguien nos ha dado esta verdad:
“La altura del éxito de un hombre se mide por su autodominio; la profundidad de su fracaso, por su propio abandono. No hay ninguna otra limitación en una u otra dirección, y esta ley es la expresión de la justicia eterna. El que no puede establecer un dominio sobre sí mismo, ningún dominio tendrá sobre los demás. Aquel que se domina a sí mismo, será rey.”
El Espíritu ayuda al compungido
El apóstol Santiago dio esta receta para vencer:
“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).
Para abandonar lo malo, transformar la vida, cambiar la personalidad, ahormar el carácter o volver a ahormarlo, necesitamos la ayuda del Señor, y podemos estar seguros de recibirla si cumplimos con nuestra parte. El hombre que depende fuertemente de su Señor se convierte en el amo de sí mismo y puede efectuar cualquier cosa que emprenda, sea obtener las planchas de bronce, construir un barco, vencer algún vicio o conquistar una transgresión profundamente arraigada.
Aquel que es más fuerte que Lucifer, aquel que es nuestra fortaleza y nuestra fuerza, puede sostenernos en épocas de grave tentación. Aun cuando el Señor jamás apartará a uno del pecado o de las manos de los tentadores por medio de la fuerza, Él ejerce su Espíritu para inducir al pecador a que él mismo lo realice con ayuda divina. Y al hombre que se somete a la dulce influencia e instancias del Espíritu, y hace cuanto esté en su poder para conservarse en una actitud de arrepentimiento, se le garantizan protección, poder, libertad y gozo.


