SE APLACA LA TEMPESTAD

El dominio de Jesucristo sobre la naturaleza, los espíritus y la muerte
El dominio de Jesucristo sobre la naturaleza, los espíritus y la muerte

Nota editorial. El texto que sigue conserva íntegramente el contenido del documento fuente, con correcciones editoriales mínimas de ortografía, puntuación y cortes de línea. Al final se añade una ampliación doctrinal claramente separada, basada en fuentes oficiales de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Fue el propio Jesús, que probablemente buscaba un reposo después de las arduas labores del día, quien dio las instrucciones de pasar al lado opuesto del lago. No perdieron tiempo en preparativos innecesarios, sino que «le tomaron como estaba, en la barca», y partieron sin demora. Algunas personas estaban deseosas de seguirlo aun sobre las aguas, porque un número de naves pequeñas, «otras barcas» como las llama Marcos, acompañaron la embarcación en que Jesús se hizo a la mar; pero estas navecillas deben haber regresado, posiblemente por motivo de la tormenta que se aproximaba Como quiera que sea, no volvemos a saber de ellas.

Cerca de la popa Jesús halló un lugar donde reposar, y en breve tiempo lo venció el sueño. Se levantó una fuerte tempestad,’ pero Él siguió durmiendo. La circunstancia es instructiva porque manifiesta luego la realidad de los atributos físicos de Cristo, así como la condición sana y normal de su cuerpo. Lo dominaban la fatiga y el agotamiento corporal por varias causas, como sucede con todos los hombres: sin alimento, le daba hambre; sin beber, sentía sed; trabajando, se cansaba. Él hecho de que después de un día de labor intensa podía dormir con tranquilidad, aun en medio del estruendo de la tormenta, indica un sistema nervioso sano y un estado de salud completo. En ninguna parte leemos que Jesús se haya enfermado. Vivió de acuerdo con las leyes de salubridad, pero a la vez nunca permitió que el cuerpo dominara al espíritu. Hizo frente a sus actividades cotidianas, que por su naturaleza imponían graves cargas a sus energías físicas y mentales, sin ningún síntoma de agotamiento nervioso, ni malestar o perturbación funcional. Es natural y necesario dormir después de trabajar. Habiendo concluido las faenas del día, Jesús durmió.

Mientras tanto el furor de la tormenta aumentaba; el viento imposibilitaba timonear la nave; las olas golpeaban contra los lados y el agua entraba de tal manera que la barca se anegaba. Los discípulos se llenaron de terror, y sin embargo, Jesús continuaba durmiendo tranquilamente. Cuando su temor llegó al colmo, los discípulos lo despertaron, exclamando, según las varias narraciones independientes: «¡Maestro, Maestro, que perecemos!»; «Señor, sálvanos que perecemos!»; «Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?» Olvidando, en parte por lo menos, que estaba con ellos Uno cuya voz aun la muerte había tenido que obedecer, se apoderó de ellos un temor desalentador. Sin embargo, su grito de terror no estaba completamente desprovisto de esperanza o de fe: «¡Señor, sálvanos!»—le suplicaron. Tranquilamente contestó su clamor de socorro, diciendo: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»

Entonces se levantó. A través de la obscuridad de aquella noche tenebrosa, en medio del viento furioso y sobre las encrespadas olas del mar, resonó la voz del Señor. Reprendió a los elementos, y dijo al mar: «Calla enmudece.» Y cesó el viento y la tormenta, y hubo «grande bonanza». Volviéndose a los discípulos, les preguntó con voz bondadosa, pero de reprensión inconfundible: «¿Dónde está vuestra fe?» y «¿Cómo no tenéis fe?» Él agradecimiento que sentían por haber sido rescatados de lo que momentos antes parecía ser una muerte inminente cedió el paso al asombro y el temor. «¿Qué hombre es éste—se preguntaron uno a otro— que aun los vientos y el mar le obedecen?»

De todos los milagros de Cristo que hallamos en las Escrituras, ninguno ha provocado mayor diversidad de comentarios y explicaciones propuestas, que este maravilloso ejemplo de su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. La ciencia no se arriesga a ofrecer explicación alguna. Él Señor de la tierra, los vientos y el mar habló, y fue obedecido. Fue El, que, en medio del negro caos de las más remotas etapas de la creación, decretó con efecto inmediato: «Sea la luz; haya expansión en medio de las aguas; descúbrase lo seco»; y como lo ordenó, así se hizo. Él dominio del Creador sobre lo creado es real y absoluto. Al hombre siendo estirpe de Dios, envuelto en un cuerpo que es según la propia imagen de su Padre divino, se le ha confiado una pequeña parte de ese dominio. Sin embargo, el hombre ejerce esa facultad delegada por conducto de agencias secundarias, y con la ayuda de maquinaria complicada. Es limitado el poder que el hombre ejerce en los objetos para sus propios fines. De conformidad con la maldición provocada por la caída de Adán—que sobrevino como resultado de la transgresión—lo que el hombre ha de lograr tiene que ser por la fuerza de sus músculos, el sudor de su rostro y el empeño de su mente. Su mandato no es más que una onda sonora que se pierde en el aire, a menos que vaya acompañado del trabajo. Por medio del Espíritu que emana de la propia Persona Divina y se extiende por todo el espacio, inmediatamente surte efecto el mandato de Dios.

No sólo el hombre, sino también la tierra y las fuerzas elementales que a ella pertenecen, cayeron bajo la maldición adámica;11 y así como la tierra cesó de producir únicamente frutos buenos y útiles, y dio de su substancia para nutrir cardos y espinas, en igual manera las varias fuerzas de la naturaleza dejaron de ser agentes obedientes del hombre, regidos por su dominio directo. Lo que llamamos fuerzas naturales—calor, luz, electricidad, afinidad química—no son sino un puñado de las manifestaciones de la energía eterna por medio de las cuales se llevan a efecto los propósitos del Creador; y estas cuantas son las que el hombre puede dirigir y utilizar, pero únicamente por medio de aparatos mecánicos y fórmulas físicas. Sin embargo, el mundo ha de ser «renovado y recibirá su gloria paradisíaca»; y entonces la tierra, el agua, el aire y las fuerzas que obran en ellos obedecerán en el acto el mandato del hombre glorificado como en la actualidad responden a la palabra del Creador.

Los demonios son expulsados

Jesús y los discípulos que lo acompañaban llegaron a las playas orientales del lago, o sea la región de Perea, territorio conocido como el país de los gadarenos o gergesenos. No se ha podido identificar el sitio preciso, pero evidentemente se trataba de un distrito campestre apartado de las ciudades.11 Al salir de la barca, se acercaron al grupo dos endemoniados gravemente atormentados por espíritus malignos. S. Mateo declara que eran dos, mientras que los otros escritores no mencionan sino uno; es posible que uno de los dos afligidos se hallaba en peor condición que su compañero, y a tal grado, que figura más prominentemente en la narración, o quizá uno de los dos huyó mientras que el otro permaneció. Él endemoniado se hallaba en una situación atroz. Tan violenta se había vuelto su demencia, y tan potente la fuerza física consiguiente a su locura, que había fracasado todo intento de sujetarlo. Lo habían atado con cadenas y grillos, pero los había hecho pedazos con la ayuda de la fuerza diabólica y había huido a las montañas, a las cuevas que servían de sepulcros, y allí había vivido más bien como bestia salvaje que como hombre. De día y de noche se oían sus gritos lúgubres y aterradores, y por temor de encontrarlo, la gente viajaba por otros caminos más bien que pasar cerca de sus guaridas. Erraba desnudo de sitio en sitio, y en medio de su violencia frecuentemente se hería la carne con filosas piedras.

Viendo a Jesús, el infortunado corrió hacia El, e impelido por el poder del demonio que lo sujetaba, se postró delante de Cristo, clamando al mismo tiempo a gran voz: «¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?» Cuando Jesús les mandó salir, uno o más de los espíritus inmundos suplicaron, a través de la voz del hombre, que no se les molestara, y con presunción blasfema exclamaron: «Te conjuro por Dios que no me atormentes.» Hallamos en S. Mateo esta otra pregunta que le hicieron a Jesús: «¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» Los demonios que habían tomado posesión de aquel hombre y ahora lo dominaban, reconocieron al Maestro, a quien sabían que tenían que obedecer; pero rogaron que no se les molestara hasta que llegara el tiempo decretado de su castigo final.

Jesús preguntó: «¿Cómo te llamas?»; y los demonios dentro del hombre respondieron: «Legión me llamo; porque somos muchos.» Aquí se pone de relieve el hecho de la dualidad o multipersonalidad del hombre. A tal grado lo habían poseído los espíritus malos, que ya no podía distinguir entre su personalidad individual y la de ellos. Los demonios imploraron que Jesús no los desterrase de aquel país, o como lo expresa S. Lucas con palabras de profunda gravedad, «le rogaban que no los mandase ir al abismo». En su situación desesperada, y movidos por su ansiedad diabólica de hallar morada en cuerpos de carne, aunque fuesen de bestias, suplicaron que si se les obligaba a salir del hombre, les permitiese entrar en un hato de puercos que pacía cerca de allí. Jesús dio el permiso; los espíritus inmundos entraron en los puercos y los aproximadamente dos mil animales que componían el hato se enloquecieron, y echando a correr despavoridos, se precipitaron por un despeñadero al lago y se ahogaron. Los apacentadores se llenaron de temor y huyeron para dar aviso en la ciudad de lo que había acontecido con los puercos. Las multitudes salieron para ver por sí mismas; y todos se asombraron de ver al hombre, en otro tiempo un endemoniado al cual todos temían, ahora vestido, y en su juicio cabal, sentado tranquila y reverentemente a los pies de Jesús. Temerosos de Aquel que podía efectuar tales maravillas y conscientes de su indignidad pecaminosa, «le rogaron que se fuera de sus contornos».

Él hombre que había sido librado de los demonios no sintió temor; el amor y el agradecimiento sobrepujaban todos los demás sentimientos que había en su corazón, y al volverse Jesús a la barca le suplicó que lo dejara ir con ellos. «Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuan grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» Él hombre se convirtió en misionero no solamente en su propia ciudad, sino en toda Decápolis, la región de las diez ciudades, y dondequiera que iba hablaba del maravilloso cambio que Jesús había efectuado en él.

Él testimonio de los espíritus malos e inmundos con respecto a la divinidad de Cristo como el Hijo de Dios no se limita a esta ocasión. Ya hemos considerado el asunto del endemoniado en la sinagoga de Capernaum;11 y volvió a suceder cuando Jesús, apartándose de los pueblos de Galilea, se dirigió a la orilla del mar, acompañado de una grande multitud compuesta de galileos y judíos, y gente de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán (es decir, de Perea), y habitantes de Tiro y de Sidón, entre quienes había sanado a muchos de diversas enfermedades; y los que se hallaban dominados por espíritus inmundos se habían postrado para adorarlo, mientras los demonios clamaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»

En el lapso del corto viaje considerado en este capítulo. el poder de Jesús como Señor de la tierra, hombres y demonios, se manifestó en obras milagrosas de un carácter impresionante en extremo. No podemos clasificar los milagros del Señor como pequeños y grandes, ni como fáciles o difíciles de efectuar; pues lo que para una persona es cosa de poco valor, para otra es de profunda importancia. En cada ocasión la palabra del Señor fue suficiente. Al viento y a las olas, así como al alma hostigada del endemoniado, el Maestro sólo tuvo que hablar para ser obedecido: «Calla, enmudece.»

La hija de Jairo

Jesús y los que lo acompañaban volvieron a cruzar el lago del país de Gadara a la vecindad de Capernaúm, donde la multitud los recibió con aclamación y gozo «porque todos le esperaban». Inmediatamente después de llegar a tierra, se acercó a Jesús uno de los principales de la sinagoga local, llamado Jairo, el cual «le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá».

Él hecho de que este hombre vino a Jesús con el espíritu de fe y súplica es evidencia de la profunda impresión que el ministerio de Cristo había surtido aun en los círculos sacerdotales y eclesiásticos. Muchos de los judíos—príncipes y oficiales, así como la gente común—creían en Jesús,9 aun cuando eran bien pocos los de la clase noble que estaban dispuestos a sacrificar su prestigio y popularidad admitiendo que eran discípulos de Cristo. Él hecho de que Jairo, uno de los principales de la sinagoga, vino solamente cuando se hallaba dominado por la aflicción consiguiente a la muerte cercana de su única hija, una niña de doce años, no es evidencia de que no hubiera creído previamente; cierto es que en esta oportunidad su fe fue genuina y su confianza sincera, como lo comprueban las circunstancias de la narración. Se acercó a Jesús con la reverencia que merecía Uno a quien él consideraba facultado para concederle lo que solicitaba, y se postró a los pies del Señor. Cuando este hombre salió de casa en busca de la ayuda de Jesús, la doncella estaba a punto de morir, y él temía que falleciera en tanto que iba. En la breve relación contenida en el primer evangelio, está escrito que él dijo a Jesús: «Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.» Jesús acompañó al padre suplicante, y muchos los siguieron.

Mientras se dirigían a la casa aconteció algo que interrumpió la marcha. Una mujer gravemente afligida sanó en circunstancias de interés particular; y en breve consideraremos este suceso. Ninguna indicación vemos de que Jairo haya manifestado impaciencia o disgusto por la dilación; había depositado su confianza en el Maestro y subordinó su propio tiempo y voluntad a los de El; pero mientras Cristo estaba atendiendo a la mujer doliente, llegaron unos mensajeros de la casa del principal con la triste nueva de que la joven había fallecido. Podemos deducir que ni aun esta trágica noticia pudo debilitar la fe del hombre; parece que continuó confiando en que el Señor lo ayudaría, porque los portadores del mensaje le preguntaron: «¿Para que molestas más al Maestro?» Jesús oyó lo que dijeron e infundió aliento a la seriamente impugnada fe del hombre, con estas palabras de ánimo: «No temas, cree solamente.» Salvo a tres de los apóstoles, Jesús no permitió que ninguno de los que le seguían entrara en la casa con Él y con el afligido pero esperanzado padre, Pedro y los dos hermanos, Santiago y Juan, fueron admitidos.

Lejos de ser el sitio de silencio respetuoso o conversación a media voz que en la actualidad consideramos propios en el momento y lugar donde ha ocurrido un fallecimiento, aquella casa presentaba una escena tumultuosa; pero era la condición acostumbrada y ortodoxa con que se observaba el luto en aquella época.s Ya habían sido llamados los endechadores profesionales, entre ellos, los cantores de lúgubres melodías, y músicos que producían un ruido ensordecedor con sus flautas y otros instrumentos. Al entrar en la casa Jesús dijo a todos: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme.» Fue, en efecto, una repetición del mandato que había pronunciado en una ocasión muy reciente: «Calla enmudece». Sus palabras provocaron el escarnio y la ridiculez de aquellos a quienes se pagaba por el ruido que hacían, y cuya oportunidad de prestar sus servicios profesionales se esfumaría si lo que él decía resultaba cierto. Por otra parte, sabían que la doncella estaba muerta, pues ya se habían iniciado los preparativos para los funerales que, de acuerdo con las demandas de la costumbre, debían hacerse lo más rápidamente posible después del fallecimiento. Jesús mandó que los echasen fuera, y restauró la tranquilidad del hogar.1 Entonces entró en la cámara fúnebre, acompañado únicamente de los tres discípulos y los padres de la doncella. «Y tomando la mano de la la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.» Con el gran asombro de todos, menos el Señor, la doncella se levantó, se bajó de la cama y anduvo. Jesús mandó que le dieran de comer, pues al ser restaurada la niña a vida, habían vuelto sus necesidades corporales suspendidas por la muerte.

Él Señor les impuso la obligación de conservar secretas aquellas cosas, amonestando a todos los presentes a que se refrenaran de comunicar lo que habían visto. No se dan las razones por qué se hizo esta advertencia. En algunas otras ocasiones se hizo una recomendación similar a las personas que habían sido bendecidas por el ministerio de Cristo; y por otra parte, en muchos casos en que efectuó sanidades, no hallamos que se hayan dado estas instrucciones, y por lo menos en una ocasión le fue dicho al hombre sanado de los demonios, que fuera y contara las grandes cosas que habían sido hechas por él.u Según su propia sabiduría, Cristo sabía cuándo era conveniente prohibir, y cuándo permitir que se diera publicidad a sus hechos. Aun cuando los padres agradecidos, la propia niña y los tres apóstoles que habían sido testigos de la restauración, hubiesen cumplido fielmente el mandato del Señor de guardar silencio, no podría ocultarse el hecho de que la doncella había resucitado, y ciertamente se harían preguntas sobre la manera en que se había efectuado tan grande maravilla. Los músicos y endechadores expulsados del hogar, cuando todavía estaba de luto—que se habían burlado de la afirmación del Maestro de que la doncella estaba dormida y no muerta como suponían—indudablemente esparcirían la noticia. No causa sorpresa, pues, leer en la breve versión de este acontecimiento, según S. Mateo, que «se difundió la fama de esto por toda aquella tierra».

Resurreción y la restauración de la vida

Debe examinarse con cuidado la distinción esencial entre la restauración de una persona muerta a la vida, para que reanude su existencia terrenal, y la resurrección corporal, de la muerte a un estado de inmortalidad. En cada uno de los acontecimientos que hasta ahora hemos considerado— la resurrección del joven de Naín,r la de la hija de Jairo, así como la de Lázaro que estudiaremos más adelante—el milagro consistió en reunir el espíritu y el cuerpo, a fin de que continuara el curso interrumpido de su existencia terrenal. No cabe duda que subsiguientemente tuvo que morir el recipiente de cada uno de estos milagros. Jesucristo fue el primero, de todos los hombres que han vivido sobre la tierra. en salir de la tumba como Ser inmortal, por lo que propiamente se dice que fue «Primicias de los que durmieron.»

Aun cuando los profetas Elias y Elíseo, muchos siglos antes del tiempo de Cristo, fueron los instrumentos por medio de quienes se restauró la vida a los muertos—aquél al hijo de la viuda de Sarepta y éste al hijo de la sunamita—dicha restauración, en estos milagros antiguos, fue a la existencia terrenal, no a la inmortalidad.

Es instructivo notar la diferencia en la manera de proceder de los dos profetas del Antiguo Testamento ya mencionados, y la de Cristo, en milagros análogos. En lo que concierne tanto a Elias como a Elíseo, el maravilloso cambio se efectuó solo después de un largo y arduo ejercicio de su ministerio, junto con una fervorosa invocación del poder e intervención de Jehová; pero Jesucristo, Jehová encarnado, no tuvo necesidad de hacer ninguna manifestación exterior sino mandar, y en el acto quedaron sueltos los vínculos de la muerte. Habló en su propio nombre y con autoridad inherente, porque en virtud del poder con que estaba investido tenía dominio sobre la vida así como sobre la muerte.

Ampliación doctrinal

1. Jesucristo es Señor de la creación

El relato de la tempestad no presenta solamente una demostración de poder físico. Mateo 8:23–27, Marcos 4:35–41 y Lucas 8:22–25 muestran que el viento y el mar obedecieron la palabra del Salvador. La doctrina restaurada identifica a Jesucristo como Jehová, el Creador bajo la dirección del Padre. Por eso, el milagro armoniza con Su identidad divina: Aquel que participó en la creación posee autoridad sobre ella.

2. La pregunta central del relato es una pregunta sobre la fe

Después de calmar el mar, el Salvador preguntó a Sus discípulos por qué temían y dónde estaba su fe. El principio no exige que un discípulo nunca sienta miedo; enseña a dirigir la confianza hacia Cristo aun cuando las circunstancias parezcan fuera de control. El Manual de Seminario del Nuevo Testamento aplica expresamente este episodio a las ‘tormentas’ de la vida y enseña que Jesucristo puede brindar paz en medio de ellas.

3. Que Cristo parezca dormir no significa que haya abandonado a Sus discípulos

Los discípulos interpretaron el silencio del Salvador desde su angustia: ‘¿no tienes cuidado que perecemos?’. Sin embargo, Él permanecía en la barca. Esta escena ofrece una poderosa enseñanza: la ausencia momentánea de una intervención visible no equivale a ausencia divina. La fe puede consistir en permanecer con Cristo mientras todavía sopla el viento, no únicamente en creer después de que llega la bonanza.

4. El poder sobre los demonios confirma la supremacía de Cristo

El episodio de los gadarenos, que sigue a la tempestad en los Evangelios sinópticos, muestra otro ámbito de autoridad: los espíritus inmundos reconocen a Jesucristo y obedecen Su mandato. La enseñanza segura de las Escrituras es la supremacía del Salvador sobre Satanás y sus huestes. Los detalles históricos o médicos empleados por autores de otras épocas deben leerse dentro de su contexto; no corresponde convertir toda enfermedad física o mental en evidencia de influencia demoníaca.

5. ‘No temas, cree solamente’

La historia de Jairo lleva el mismo tema de la fe hasta el límite de la muerte. Cuando llegó la noticia de que su hija había muerto, Jesucristo respondió: ‘No temas, cree solamente’. La fe de Jairo no eliminó la crisis antes de que ocurriera; lo sostuvo mientras seguía caminando con el Salvador hacia su casa.

6. Restauración a la vida y Resurrección no son lo mismo

El documento distingue correctamente entre devolver temporalmente la vida mortal y la Resurrección. La hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín y Lázaro regresaron a la mortalidad y posteriormente volverían a morir. Jesucristo fue las ‘primicias de los que durmieron’: Su Resurrección inauguró el estado inmortal en el que espíritu y cuerpo quedan unidos para no volver a separarse.

7. La gran enseñanza: Cristo sigue estando en la barca

El milagro no promete una vida sin tempestades. Enseña quién está con nosotros cuando llegan. La fe en Jesucristo puede producir una paz que no depende de que el viento haya cesado todavía. El presidente Howard W. Hunter utilizó precisamente este episodio para enseñar que el mismo Jehová que gobernó las aguas en la creación puede calmar también las tormentas de nuestra vida.

Fuentes oficiales para la ampliación

• Mateo 8:23–27; Marcos 4:35–41; Lucas 8:22–25.

• Marcos 5:1–43.

• 1 Corintios 15:20–23.

• James E. Talmage, Jesús el Cristo, capítulo 20, “Calla, enmudece”.

• Nuevo Testamento: Manual del alumno de Seminario (2023), Mateo 8:23–27; Marcos 4:35–41.

• Howard W. Hunter, “Cristo, el mar se encrespa”, Liahona, enero de 1985.

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *